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La Coctelera

Desmemorias: Ménage à Trois

En treinta años, solo he faltado dos a las fiestas de San Roque en el pueblo. Una, durante mi Servicio Militar. Otra, anterior, un duro año de transición en que la carrera de Derecho se me atragantó y me quedaron no-sé-cuantas para Septiembre. Al siguiente curso cambié el pijerío del turno de mañana por el festivaleo del turno de tarde de la Facultad, empecé a trabajar, y todo fue mejor. Pero ese verano, hasta arriba de trabajo preparando los exámenes septembrinos en que pretendía salvar los muebles del naufragio, fui “castigado” sin fiestas. Todo lo más, mi madre me dejó pasar allí con ella los últimos quince días de un Junio especialmente frío y desabrido.

El pueblo estaba literalmente desierto. No había un solo veraneante aparte de mí, y mis amigos lugareños estaban más que ocupados bien con exámenes bien trabajando en sus quehaceres campestres. Solo Richie pululaba como yo por allí sin saber qué hacer. Había dejado un curso de FP a medias, acababa de aprobar el ingreso en el Ejército como soldado profesional, y solo esperaba que llegara Agosto para incorporarse a filas. Nos dedicamos a dar largos paseos por aquellos campos aún en flor, manteniendo enrevesadas disquisiciones filosóficas sobre todo lo divino y lo humano, mientras bebíamos whidka (Poco recomendable mezcla de whisky JB con vodka Smirnoff) como si nos fuera en ello la vida. Por las noches, Richie tomaba prestada la furgoneta de su padre, y nos íbamos hasta el bar del pueblo de al lado, que tenía para nuestro solaz (oh, maravilla de las maravillas!) un destartalado futbolín.

Una de estas noches, cuando ya enfilábamos la carretera del pueblo vecino, dispuestos a echar unos tragos y unas partidas antes de volver pronto a casa, unos agudos gritos nos detuvieron en seco. Irina, una chica vecina de nuestra aldea, venía corriendo como una loca por la carretera. “Joder, ya creí que no quedaba nadie vivo aquí” exclamó saltando dentro de la furgoneta. Su madre había enfermado en primavera, su padre estaba en brote psicótico y para colmo de males su hermano se había lesionado una muñeca. Llevaba quince días trabajando de sol a sol para sacar adelante la casa, y justo esa era la primera noche que podía salir. Solo que no había encontrado nadie con quien hacerlo… Había salido a la carretera a hacer auto-stop pero ni coches pasaban… Al conocer nuestros modestos planes, no paró hasta convencernos de que en vez de jugar al futbolín fuéramos al más pijo y caro bar de cierta pretendidamente glamourosa urbanización de la ribera de Esla. Accedimos en parte para que callara y en parte porque ya estábamos hartos de tanto futbolín. Y hacia la urbanización nos encaminamos.

Allí tampoco había animación ninguna. Ni siquiera tenían futbolín. Era pronto para que los señorones de la capital ocuparan sus flamantes chalets, solo había cuatro colgados como nostros. Bebiendo cervezas en una de las mesas (El whisky estaba carísimo allí), Irina reparó en un letrero colgado con chinchetas en una pared. “Fiesta de la Espuma. Chicas gratis. Primera consumición gratis. Discoteca Las Vegas. Melgar de Fernamental”. La fecha era la de esa misma noche. “¿Habéis visto? ¿Por qué no vamos? Aún es pronto…” Richie y yo miramos el cartel dubitativos. Pero pronto Richie negó con la cabeza. “¿Pero tú sabes dónde está Melgar? ¡En Burgos, a casi 200 Kms.! No tengo pasta, ni gasofa. Y además, será una mierda, seguro…” Quedamos unos minutos en silencio, nosotros apurando nuestras jarras, ella mirando fijamente el cartel. Entonces, muy seria, nos miró a nosotros con igual fijeza. “Si me lleváis a esa fiesta, me lo monto con los dos”. Lo dejó ir increíblemente despacio, como queriendo que tomáramos conciencia del significado exacto de sus palabras. Richie y yo nos miramos estupefactos. Pero no necesitamos hablar. Ambos pensamos lo mismo a la misma vez. Richie se levantó casi de un salto. “Paga aquí, Juan – me dijo en el seco tono militar que aún no había adquirido como costumbre – Voy a echar gasoil…”

Condujimos endiabladamente por aquellas carreteras desiertas. Nuestros faros rasgaban la negrura de la noche camino de aquel pueblo perdido en la geografía burgalesa. No sé en cuanto tiempo hicimos el camino, en mucho menos de lo que debe hacerse. No hablamos. No había nada que decir, solo mucho por hacer. Una vez allí, la discoteca era el único lugar iluminado. No nos hacía falta más. La fiesta… ¿qué importaba? En realidad, no habíamos ido a eso. Participamos como mero prolegómeno, como trámite que había que hacer. Bailamos alocadamente, pisándonos unos a otros. Reímos salvajemente de cosas sin gracia. Y bebimos. Bebimos como si fuéramos a morir en aquella pista repleta de espuma y niebla artificial. Nos empapamos. Nos excitamos. Nos desfasamos. La fiesta había cumplido su objetivo.

Después… Recuerdo vagamente la caminata hasta donde habíamos aparcado la furgoneta. Recuerdo que Richie abrió el portón trasero y los tres nos introdujimos por allí en vez de por las puertas. Una vez dentro, a oscuras, los tres uno sobre otro sin demasiado orden ni concierto, ansiosos, enfebrecidos, alucinados y excitadísimos, nos arrancamos la ropa sin mirar quién tocaba a quién ni qué boca estábamos besando cada uno. Y todo fue piel y saliva y arañazos y mordiscos, y gritos y jadeos y juramentos y risas ahogadas, y nuestros fluidos corporales deslizándose como riada sobre epidermis ajenas. Y placer. Placer compartido, enfatizado y realzado por ese morbo añadido de lo prohibido.

El viaje de vuelta fue aún más silencioso que el de ida. Irina dormía desnuda en la parte de atrás, ronroneando en sueños como una gata satisfecha. Richie fumaba cigarrillo tras cigarrillo mirando la carretera como si nunca hubiera visto una hasta entonces. Yo me concentraba en la ventanilla. Recuerdo el cielo púrpura de poco antes del amanecer, y recuerdo con viveza los relámpagos cayendo muy a lo lejos, quien sabe a cuanta distancia, sobre las copas de unos árboles que apenas se percibían, difuminadas sus siluetas en sombra por la lejanía y la penumbra. Llegamos al pueblo recién amanecido el día. Despeinados, arañados, soñolientos, apestando a alcohol de garrafón, las ropas hechas jirones… Nunca volvimos a hablar de ello. Nunca hasta hoy, con todas las veces que hemos coincidido los tres en el pueblo a lo largo de los años, hemos recordado entre nosotros, ni una sola vez, aquella noche…

Odia al mundo como a tí mismo

En esta nueva sección o categoría de “desmemorias” me gustaría reflexionar sobre los varios puntos de inflexión que ha habido en mi vida, configurando el camino que me ha traído hasta donde ahora estoy. Quedan pocos días para mi cuarenta cumpleaños, cifra que mis amigos han ido cumpliendo a lo largo del año. Y me ha dado por pensar en el punto medio de ese camino, en como era yo hace veinte años.

No parecía muy distinto del resto de chicos de mi edad, supongo. Como todos ellos, sabía que me faltaba mucho por vivir, y quería vivirlo todo cuanto antes. La prisa, el ansia, nos era común a todos. Solo que otros buscaban experiencias que les sirvieran para la vida, aprender todo lo posible para estar cuanto más preparados mejor para el futuro. Yo buscaba esas mismas experiencias sin más ánimo que disfrutarlas a tope, vivirlas intensamente, sentirlas hasta que dolieran. No creía que fuera a haber ningún futuro para mí. Ni lo creía, ni lo quería, ni lo esperaba. Disfrutar cada momento como si fuera el último y no hacer planes que no fueran inmediatos, esa era mi filosofía. Nada de quedar para mañana. Quedaremos hoy, que mañana podemos estar muertos… Y de hecho, casi mejor si es así. Que para mí la muerte era preferible al insufrible día a día.

Tenía, y en gran parte conservo, aunque disimuladísimo por años de aprendizaje práctico del manejo de los convencionalismos sociales, el perfil típico del sociópata. Mi madre, que tiene mentalidad de archivera (O síndrome de Diógenes, no estoy seguro), y lo conserva absolutamente todo, aún tiene guardados los test psicotécnicos que puntualmente me hacían cada principio de curso. Durante doce años arrojaron, invariablemente, el mismo resultado: Gran fluidez verbal, enorme comprensión lectora, nula comprensión abstracta. Alta capacidad organizativa y directiva, grandes dotes de mando (Como orientación profesional ponían siempre militar o empresario), pero con nula integración familiar y ningún sentimiento de pertenencia a comunidad alguna, ni nacional, ni local, ni siquiera educativa. Yo era distinto a todo y a todos. Mis compañeros tenían familias normales. Tenían, para empezar, un padre a quien regalar el absurdo trabajo manual que cada año nos hacían elaborar nosotros mismos por San José. ¿Os imagináis lo frustrante que era para mí ser el único niño de clase que no ponía “Felicidades Papá” en el llavero en forma de payaso?

No, nunca me integré en esa comunidad de niños aparentemente perfectos con familias aparentemente perfectas. Tampoco encontré el modo de integrarme en Barcelona. Había sido muy feliz con mis abuelos en el pueblo, y por eso idealicé aquel lugarejo perdido en los campos leoneses, convirtiéndolo mentalmente en mi particular paraíso perdido. El paso lógico siguiente en el camino de la soledad absoluta era odiar Barcelona, convertida para mí en ciudad-cárcel. La he odiado muchísimo, y hasta hace poco no pude reconciliarme con ella, aunque ahora no querría vivir en otro sitio. Menos aún que en ningún otro lado me integré en la familia, en esa casa que nunca se convirtió en hogar, bajo ese techo que solo por ser de mi madre ya era territorio hostil para mí…

Y alcancé la mayoría de edad, y entré en la Universidad… y tampoco me adapté, claro. Era reservado, callado, huraño y esquivo, lo contrario que la mayoría de mis compañeros. Tenía las habilidades sociales de un ermitaño, y mi adaptación a los convencionalismos locales y sociales era la de un indígena del Matto Grosso. Lógicamente, nadie quiso interesarse demasiado en mí. Fui el raro, el extraño, el freakie, y lo prefería, porque cada vez que intentaba ser como los demás, la cagaba. El mundo a mi alrededor me era tan ajeno que llegué a pensar que yo no debía ser humano, que tenía que ser hijo de algún extraterrestre. O, conociendo a mi madre, del demonio.

Me sentía tan cómodo en mi papel auto asignado de rarito que hacía gala de ello, llegaba hasta presumir de extravagancia. En mi carpeta universitaria, en el espacio reservado al nombre, llevaba claramente escrito “Bernie KK, Rey de la Cloaca”. Y debajo, en grandes caracteres trazados con rotulador “Odia al mundo como a ti mismo”

Y lo cumplía a rajatabla, me odiaba a mí mismo tanto o más que al mundo, me acostaba cada noche esperando no despertar, y, incapaz de darme muerte por mi propia mano, me hundía en un abismo insondable de drogas y alcohol que esperaba que me mataran lenta pero inexorablemente.

Y sin embargo ese que debía ser el principio de mi ansiado fin fue en realidad el punto de inflexión que cambió mi destino, para mi propia sorpresa. Mi inadaptación era tan flagrante y escandalosa que atraje por un lado al resto de freakies que me tomaron como modelo a seguir, y por otro a las almas caritativas (Descubrí que las había, cosa que nunca había creído antes) que trataban de sacarme de mi aislamiento mental y llevarme hacia la luz. Y así se fue formando en mi entorno, sin yo buscarlo ni quererlo ni aún soñarlo, un grupo de personas afines, a los que finalmente pude llamar amigos. Y así, con amigos con quienes compartir alcohol y experiencias salvajes, ¿Quién coño iba a querer morirse?

Aquella carpeta con frases apocalípticas, tarjeta de presentación de mi pose nada fingida de outsider, fue precisamente la que me proporcionó mis primeros y mejores amigos, esos que aún hoy conservo. Ahora ya no odio al mundo, ni tan siquiera a mí mismo, procuro desterrar ese sentimiento de mi vida (Aunque no lo desprecio, que conozco bien su poder. El odio te puede mantener vivo, tanto o más que el amor...) Pero donde hubo fuego, quedan brasas, y algo hay en mi hoy actual de aquel extraño y oscuro ser siempre envuelto en cuero negro que fui entonces. Para empezar, aunque os parezca mentira, aún conservo aquella carpeta. Y aún tiene pegado con aironfix el papel de embalar escrito con gruesos trazos de rotulador negro. Odia al mundo como a ti mismo.

Como te pareces a tu padre (Y yo que me alegro...)

“Como te pareces a tu padre” es indudablemente la frase que más veces oí a lo largo de mi infancia. Y no había una sola vez que la oyera que no me sintiera rabioso, frustrado, violento y desorientado. ¿Qué culpa tenía yo de parecerme? Me preguntaba de niño. ¿Es que tengo yo acaso que pagar con penitencia propia los pecados de mi padre, y además la multa añadida por el mal gusto de mi madre? Reflexionaba cuando ya era algo más mayor. Y se lo decía, yo se lo decía, “mamá, odio que me digas eso” Pero daba igual. Puede que se aguantara durante unos días, unas semanas como mucho. O tal vez es que no hubiera ocasión de poder decirla. Pero tarde o temprano algo pasaba, en algo me equivocaba, algo hacía de manera que ella pudiera considerar errónea, y ya estábamos de nuevo. Cómo te pareces a tu padre. Y me quedaba de nuevo hundido, anonadado, incapaz de responder…

Sí había alguna respuesta posible, como la que muchas veces soltaba con su voz suave y meliflua mi tía Tarsila. “¿Y a quién quieres que se parezca el niño, a Kirk Douglas?” Mi madre quedaba en silencio si oía a Tarsila soltar aquella perla cargada de cinismo y mala leche, pero, aunque no dijera nada, clavaba en su hermana pequeña esa mirada de una oscuridad insondable que conozco tan bien, hasta casi hacerla llorar. Porque Tarsila, una mujer felina, independiente, egoísta y astuta, una mente masculina encerrada en un cuerpo voluptuoso coronado por una espectacular cabellera rubia natural que caía ondulada sobre un hermoso rostro donde brillaban dos ojos verdes como esmeraldas en un óvalo de piel tersa y nívea de escandinava (Os aseguro que aún ahora, cercana a los setenta y con bastante sobrepeso, es una mujer que llama la atención), Tarsila, decía, no es malvada. Cínica sí. Egocéntrica, a veces. Pero malvada no, tiene buena pasta, sobre todo con la familia. Mi madre es cuento aparte. Mi madre tiene ácido en las venas y el corazón de piedra.

Casi todo lo malo de la vida lo he aprendido de las mujeres. Lo digo sin un ápice de machismo, pues de ellas he aprendido también todo lo bueno. Pero hoy, este día y este artículo, están dedicados a lo malo. Una mujer me partió en dos el corazón, la semana que viene hará justo diez años. Otra, según todos la peor, me arrancó con unas tenazas un buen trozo de la mitad que me quedaba, y se lo llevó como trofeo al otro lado del océano, dentro de dos semanas hará justo ocho años, también bajo la luna de Escorpio. Pero ninguna de ellas me enseñó a odiar. No. Ese fue trabajo de mi madre.

Cuando estaba a punto de cumplir seis años, y era feliz en casa de mis abuelos, en el pueblo, me sacaron de allí precipitadamente y me trajeron a toda prisa a Barcelona (Aún tengo un recuerdo vívido del olor nauseabundo del tren expreso, de aquella noche inacabable y terrorífica viajando con destino para mí desconocido, de aquella mirada triste y resignada en los ojos llorosos de mi abuela…) porque mi madre me reclamaba. Una madre que no se había dignado ir a verme una sola vez en seis años. Una madre a la que conocí plantada como una sombra oscura en el andén de la Estación de Francia, y que me dejó helado traspasándome con su mirada. Muchos años después, estudiando Historia del Arte, me encontré con esa misma mirada en el Pantocrátor del retablo románico de Sant Climent de Taüll. Cristo Juez en el día del Fin del Mundo. Sí, así mira mi madre, Juez última de todas las disputas, siempre bien dispuesta a ejecutar por sí misma sus propias sentencias de muerte. Porque mi madre como Juez es terrible: Todas sus resoluciones son condenatorias e inapelables, y jamás ha dejado que ninguna prueba, por clara y fehaciente que fuera, nublara su buen juicio y afectara a la decisión que ya tenía tomada de antemano. Convicción moral, lo llaman, cuando se condena a alguien sin pruebas pero con el convencimiento de que realmente es el culpable. Lo que en la Justicia del Rey es excepción, en la Justicia Materna es la norma.

De niño, mi madre me daba verdadero miedo. Cuando mi abuela vino a vivir con nosotros a Barcelona, en circunstancias que me es triste detallar, yo, que me acostaba el primero, siempre pedía que “me vigilara”, y ahí quedaba mi pobre y enferma abuela, haciendo guardia a mi puerta hasta que me dormía. Nadie le daba demasiada importancia, creyendo todos que me daba miedo la oscuridad. Y una mierda. No había nada en la oscuridad que me asustara, lo que no quería es que mi abuela dejara entrar a mi madre, que esa posibilidad sí que me asustaba…

Tardé muchos años en perder el miedo, en poder mirarme en ese abismo de odio y desesperación que es la mirada de mi madre sin temblar ni sentir congoja. Lo conseguí ya cumplidos los veinte, y fue entonces cuando ella cogió sus bártulos y se marchó al pueblo. Si no podía tenerme bajo su yugo, prefería irse, no soportaba entonces, como sigue sin soportar ahora, verme convertido en un espíritu libre, que hace caso omiso de sus órdenes (Últimamente las disfraza de recomendaciones, pero siguen siendo órdenes) y ha roto las cadenas de su esclavitud. Aquella casona edificada por las manos de mi bisabuelo se ha convertido en su cárcel y su refugio a partes iguales. En las soleadas tardes estivales, se instala con su maletín de costura en la luminosa galería que da al soto, y cose incansablemente mientras reza y maldice a partes iguales. Que mi madre no es mujer moderada ni discreta que conozca el valor del equilibrio y las bondades del justo medio, muy al contrario, adora los extremos, es radical en todo lo que hace y dice, y tanto es capaz de pasarse horas de rodillas rezando una novena a nuestro Santo patrón, San Pelayo, o a la Virgen de los Dolores, como de clavar alfileres en un muñeco de trapo profiriendo las más espantosas conjuras de magia negra.

Tardé en descubrirlo, como casi todo, que parece que en mi vida he llegado tarde a todas partes. Bien, pero he llegado. Ya lo sé todo. Fue entonces, cuando comprendí por qué mi tía Tarsila llamaba bruja a mi madre en un tono distinto a otros insultos, pues en el caso de mi madre bruja es más una definición que un insulto, que entendí también el empeño que ella tenía siendo yo apenas un niño, en que me hiciera sacerdote. Sí, lo intentó por activa y por pasiva de todas las formas imaginables. Quería a toda costa un hijo cura y no me entraba en la cabeza por qué. Pero también eso, como todo, se ha acabado sabiendo, el tiempo es fuerza poderosa que pone todo y a todos en su sitio… Querías que rezara por ti, ¿no, madre? Querías un hijo sacerdote que te redimiera, que te librara de las penas del infierno. Pero va a ser que no, madre. Iremos los dos al infierno de cabeza, eso deberías tenerlo claro, como yo lo tengo, desde el mismo día de mi decimosexto cumpleaños…

Mmmm... estamos de mantenimiento

Pues sí, ellos están de mantenimiento, y yo estoy hasta las pelotas. Os escribiré a todos y cada uno de mis contactos del blog anterior para comunicaros mi obligada mutación de personalidad virtual, pero vaya por delante a quien pueda interesar que yo era el hasta ahora conocido como Bérnicus.

Una semana he pasado de vacaciones, tan solo una puta semana (con perdón), la última que me quedaba por disfrutar este año. Estaba muy ocupado, sí, ya os lo había dicho, pero tenía claro que una de las cosas a las que iba a dedicar el tiempo era a postear sobre el montón de ideas que bullían en mi cabeza. Bullían, y siguen bullendo, porque oigan ustedes, publiqué ese último artículo sobre el despilfarro del Ministerio de Asuntos Exteriores… Y Santas Pascuas, ya no pude publicar nada más. Ni nadie hubiera podido leerlo si lo hubiera publicado. Cada vez que intento abrir mi blog, tanto desde la barra de direcciones como desde los enlaces de alguno de vuestros blogs, sale la dichosa pantalla de “Estamos de Mantenimiento” que he llegado a odiar con todas mis fuerzas. La única manera de poder leer el blog es enlazando comentarios y abrir el artículo concreto, pero eso sí, se abre solo un artículo cada vez, aún hoy (Lo he intentado hace apenas unos minutos) resulta imposible abrir el blog en su integridad. La verdad, ya me da igual. Un alma caritativa me explicó que eso solo pasaba con algunos de los blogs antiguos, no todos (Ahora resulta que soy un damnificado) pero no con los nuevos, que los que habían abierto blogs nuevos esta semana funcionaban perfectamente… ¿Sí? Pues vale, pues ahí que me voy, a crear un blog nuevo y mudar de piel, que esta ya será mi tercera encarnación coctelera, después de Janton y Bérnicus.

Postearé lo que buenamente pueda postear, que ya se me acabaron las vacaciones y esta semana toda de nuevo volver al trabajo. Os enlazaré y comentaré a todos (Prometido, prometido, pero sin tiempo estimado, que no lo sé…) Maldeciré La Coctelera mil veces, a ver si a alguno de sus administradores le entra la fiebre tifoidea, y seguiré en mi línea de siempre, que cambia el nick, pero nada más, yo sigo siendo el mismo…

Bueno, pues bienvenida sea esta nueva etapa que sin embargo mal empieza… Hasta pronto…