En esta nueva sección o categoría de “desmemorias” me gustaría reflexionar sobre los varios puntos de inflexión que ha habido en mi vida, configurando el camino que me ha traído hasta donde ahora estoy. Quedan pocos días para mi cuarenta cumpleaños, cifra que mis amigos han ido cumpliendo a lo largo del año. Y me ha dado por pensar en el punto medio de ese camino, en como era yo hace veinte años.

No parecía muy distinto del resto de chicos de mi edad, supongo. Como todos ellos, sabía que me faltaba mucho por vivir, y quería vivirlo todo cuanto antes. La prisa, el ansia, nos era común a todos. Solo que otros buscaban experiencias que les sirvieran para la vida, aprender todo lo posible para estar cuanto más preparados mejor para el futuro. Yo buscaba esas mismas experiencias sin más ánimo que disfrutarlas a tope, vivirlas intensamente, sentirlas hasta que dolieran. No creía que fuera a haber ningún futuro para mí. Ni lo creía, ni lo quería, ni lo esperaba. Disfrutar cada momento como si fuera el último y no hacer planes que no fueran inmediatos, esa era mi filosofía. Nada de quedar para mañana. Quedaremos hoy, que mañana podemos estar muertos… Y de hecho, casi mejor si es así. Que para mí la muerte era preferible al insufrible día a día.

Tenía, y en gran parte conservo, aunque disimuladísimo por años de aprendizaje práctico del manejo de los convencionalismos sociales, el perfil típico del sociópata. Mi madre, que tiene mentalidad de archivera (O síndrome de Diógenes, no estoy seguro), y lo conserva absolutamente todo, aún tiene guardados los test psicotécnicos que puntualmente me hacían cada principio de curso. Durante doce años arrojaron, invariablemente, el mismo resultado: Gran fluidez verbal, enorme comprensión lectora, nula comprensión abstracta. Alta capacidad organizativa y directiva, grandes dotes de mando (Como orientación profesional ponían siempre militar o empresario), pero con nula integración familiar y ningún sentimiento de pertenencia a comunidad alguna, ni nacional, ni local, ni siquiera educativa. Yo era distinto a todo y a todos. Mis compañeros tenían familias normales. Tenían, para empezar, un padre a quien regalar el absurdo trabajo manual que cada año nos hacían elaborar nosotros mismos por San José. ¿Os imagináis lo frustrante que era para mí ser el único niño de clase que no ponía “Felicidades Papá” en el llavero en forma de payaso?

No, nunca me integré en esa comunidad de niños aparentemente perfectos con familias aparentemente perfectas. Tampoco encontré el modo de integrarme en Barcelona. Había sido muy feliz con mis abuelos en el pueblo, y por eso idealicé aquel lugarejo perdido en los campos leoneses, convirtiéndolo mentalmente en mi particular paraíso perdido. El paso lógico siguiente en el camino de la soledad absoluta era odiar Barcelona, convertida para mí en ciudad-cárcel. La he odiado muchísimo, y hasta hace poco no pude reconciliarme con ella, aunque ahora no querría vivir en otro sitio. Menos aún que en ningún otro lado me integré en la familia, en esa casa que nunca se convirtió en hogar, bajo ese techo que solo por ser de mi madre ya era territorio hostil para mí…

Y alcancé la mayoría de edad, y entré en la Universidad… y tampoco me adapté, claro. Era reservado, callado, huraño y esquivo, lo contrario que la mayoría de mis compañeros. Tenía las habilidades sociales de un ermitaño, y mi adaptación a los convencionalismos locales y sociales era la de un indígena del Matto Grosso. Lógicamente, nadie quiso interesarse demasiado en mí. Fui el raro, el extraño, el freakie, y lo prefería, porque cada vez que intentaba ser como los demás, la cagaba. El mundo a mi alrededor me era tan ajeno que llegué a pensar que yo no debía ser humano, que tenía que ser hijo de algún extraterrestre. O, conociendo a mi madre, del demonio.

Me sentía tan cómodo en mi papel auto asignado de rarito que hacía gala de ello, llegaba hasta presumir de extravagancia. En mi carpeta universitaria, en el espacio reservado al nombre, llevaba claramente escrito “Bernie KK, Rey de la Cloaca”. Y debajo, en grandes caracteres trazados con rotulador “Odia al mundo como a ti mismo”

Y lo cumplía a rajatabla, me odiaba a mí mismo tanto o más que al mundo, me acostaba cada noche esperando no despertar, y, incapaz de darme muerte por mi propia mano, me hundía en un abismo insondable de drogas y alcohol que esperaba que me mataran lenta pero inexorablemente.

Y sin embargo ese que debía ser el principio de mi ansiado fin fue en realidad el punto de inflexión que cambió mi destino, para mi propia sorpresa. Mi inadaptación era tan flagrante y escandalosa que atraje por un lado al resto de freakies que me tomaron como modelo a seguir, y por otro a las almas caritativas (Descubrí que las había, cosa que nunca había creído antes) que trataban de sacarme de mi aislamiento mental y llevarme hacia la luz. Y así se fue formando en mi entorno, sin yo buscarlo ni quererlo ni aún soñarlo, un grupo de personas afines, a los que finalmente pude llamar amigos. Y así, con amigos con quienes compartir alcohol y experiencias salvajes, ¿Quién coño iba a querer morirse?

Aquella carpeta con frases apocalípticas, tarjeta de presentación de mi pose nada fingida de outsider, fue precisamente la que me proporcionó mis primeros y mejores amigos, esos que aún hoy conservo. Ahora ya no odio al mundo, ni tan siquiera a mí mismo, procuro desterrar ese sentimiento de mi vida (Aunque no lo desprecio, que conozco bien su poder. El odio te puede mantener vivo, tanto o más que el amor...) Pero donde hubo fuego, quedan brasas, y algo hay en mi hoy actual de aquel extraño y oscuro ser siempre envuelto en cuero negro que fui entonces. Para empezar, aunque os parezca mentira, aún conservo aquella carpeta. Y aún tiene pegado con aironfix el papel de embalar escrito con gruesos trazos de rotulador negro. Odia al mundo como a ti mismo.